En los primeros meses de 1978 comenzaron a circular testimonios de sobrevivientes de campos de concentración. Los datos que habían reunido escuchando a sus captores, conversando con otros cautivos y observando el funcionamiento de esos lugares indicaban que la expresión traslado, usada por los perpetradores para el momento en el que un grupo de prisioneros era convocado para ser movido hacia otro lugar, era sinónimo de muerte y, también, que las aeronaves se usaban para desaparecerlos.
El 17 de marzo de 1978 Horacio Maggio se fugó de la ESMA, luego de estar secuestrado 83 días, y envió su testimonio a periodistas, activistas, diplomáticos, entre otros:
La metodología que aplicaban para deshacerse de los cadáveres de los secuestrados -según lo comenta un oficial que se hace llamar ‘Chispa’ a uno de los secuestrados- fue cambiando con el tiempo. En los comienzos colocaban en un auto a una cantidad de personas (6 o 7), los acribillaban a balazos y luego incendiaban el auto. Luego adoptaron el ahorcamiento en la misma Escuela, para luego tirarlos al mar. En la actualidad se les coloca una inyección (somnífero), se los envuelve en una lona y se los tira al mar. Esta información coincidía con dos hechos que varios de nosotros habíamos percatado. El primero de ellos es que un día de traslado vimos […] cómo a un joven lo sacan de su colchón en estado semi-inconsciente y era colocado sobre una lona. El segundo hecho era que en los días que se realizaban los “traslados” (que generalmente eran los días miércoles a la tarde), se escuchan en reiteradas oportunidades el ruido de helicópteros (Maggio, 1978).
Entre las personas que Maggio había visto en la ESMA estaban las monjas francesas hasta que fueron “trasladadas junto con otras once personas”. Maggio fue recapturado pocos meses después de su testimonio y asesinado.
Jaime Dri fue secuestrado en diciembre de 1977. Escapó de la ESMA el 19 de julio de 1978 y algunos meses después brindó un testimonio ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU) en París:
Había días fijos de “traslados” al igual que en los campos de concentración nazis. En general eran los días miércoles […] Un secuestrado me ha narrado el doloroso cuadro que se vivía en esos días: Todos en fila; donde cada uno de ellos se expresaba de distinta manera: Algunos lloraban, otros rezaban, otros permanecían mudos. Luego todos eran inyectados con drogas que por lo menos los dejaban inconscientes o se morían, no se sabe bien qué efecto les producían. En esa misma oportunidad era intenso el movimiento de helicópteros. Todos los elementos que había indican que eran arrojadas al mar. (Dri, 1978).
Los testimonios de Maggio y Dri sucedieron en el mismo período temporal en el que los activistas de derechos humanos habían comenzado a investigar en las localidades costeras, especialmente después de la aparición de diciembre de 1977.
Al año siguiente, el 12 de junio de 1979, la CADHU hizo público el testimonio de Juan Carlos Scarpatti, secuestrado en abril de 1977, mantenido en cautiverio en Campo de Mayo y trasladado al centro clandestino Sheraton de donde se fugó cinco meses después:
[E]l mecanismo técnico del “traslado” era muy sencillo, se ordenaba que todos los prisioneros fuesen encapuchados y que estuvieran en su pabellón y en su lugar, después se sentía ruidos de camiones que se acercaban, permanecían cierto tiempo parados con el motor en marcha y luego se alejaban, cuando todo se “normalizaba” había 40 o 50 lugares vacíos. Estos dos camiones se dirigían a un avión que estaba estacionado en una de las cabeceras de las dos pistas que tiene Campo de Mayo (la que está más cerca del “Campito”) y allí cargaban a los prisioneros con destino desconocido, pero según comentarios, este destino era la selva Amazónica o alta mar, preferentemente lo segundo. Después que dejaban su “carga” los camiones regresaban al “Campito” y sus ocupantes procedían a quemar la ropa de los prisioneros “trasladados”, esto lo pude comprobar personalmente, ya que antes de un traslado me fijé bien los botones del saco que llevaba una compañera que casi seguro trasladaban, ya que había tenido familia, y a estas las trasladaban en el primer “viaje” que se producía después del parto, esos mismos botones encontré en la pila de basura donde se quemaban los “misteriosos bultos” después de los traslados (Scarpatti, 1979).
En octubre de 1979, Sara Solarz de Osatinsky, Ana María Martí y Alicia Milia de Pirles brindaron un testimonio en CADHU. Habían estado secuestradas en la ESMA durante entre diecinueve y siete meses. La rutina que describieron sucedía los “miércoles, excepcionalmente los jueves”:
Aproximadamente a las 17:00 hrs, en Capucha se comenzaba a llamar a los detenidos por número de caso. Se los formaba en fila india tomados uno del otro por los hombros, ya que iban encapuchados y grilletes. Los bajaban de a uno. Sentíamos el ruido que hacían los grilletes al caminar acercándose a la puerta, que se abría e inmediatamente se volvía a cerrar. Cada uno llevaba consigo sólo la ropa que tenía puesta. Eran llevados a la enfermería del sótano, donde los esperaba el enfermero que les aplicaba una inyección para adormecerlos, pero que no los mataba. Así vivos, eran sacados por la puerta lateral del sótano e introducidos en un camión. Bastante adormecidos eran llevados a Aeroparque, introducidos en un avión que volaba hacía el sur, mar adentro, donde eran tirados vivos. Muchas veces durante el traslado se escuchaba sobrevolar helicópteros por la zona. Por ello suponemos que a veces los traslados se hacían por este medio. […] De los miles de detenidos que se fueron en estos traslados colectivos nunca supimos más. Muchas veces encontramos la vestimenta que tenían los compañeros el día del traslado en una piecita -el Pañol- […].
Las secuestradas también escucharon detalles de los oficiales: «En momentos de debilidad se les escapaba información. El oficial de Prefectura Gonzalo Sánchez, alias “Chispa”, dijo que los cuerpos eran tirados al mar en el sur, en zonas cercanas a dependencias de la Marina […] En momentos de histeria [el Capitán Acosta] hizo afirmaciones como la siguiente: “Aquí al que moleste se le pone un Pento-naval y se va para arriba”.
A fines de febrero de 1977 habían presenciado un evento inusual. Un compañero de cautiverio, a quien conocían como Tincho, había sido llevado al sótano para ser trasladado pero fue devuelto horas después. En el sótano los captores le habían dicho a Tincho que
[lo iban a] llevar a un lugar que reúne mejores condiciones pero que le pondrían una vacuna para evitar contagios. El enfermero le aplica una inyección en el brazo, que tarda en hacerle efecto. Pasados unos minutos a “Tincho” lo sacan por la puerta del sótano y lo suben a un camión que lo conduce a un lugar de Aeroparque.
Allí, continúa el relato de las sobrevivientes, lo subieron a un avión Fokker, pero antes de despegar un suboficial de la Marina le preguntó su nombre y cuando él respondió, le dijo “Te salvaste pibe”. Fue llevado otra vez a la ESMA, y “se lo llevaron en un traslado individual días más tarde” (Osatinsky, Martí y Milla de Pirles, 1979).

En 1980, se sumó el testimonio de dos sobrevivientes de otros centros clandestinos ante Amnistía Internacional. Oscar Alfredo González y Horacio Guillermo Cid de la Paz habían huído en febrero de 1979. Ambos habían estado en cautiverio quince meses en distintos lugares y su circulación en el sistema represivo les había permitido recolectar información de distintos espacios. Respecto al circuito represivo integrado por los centros clandestinos El Atlético-El Banco- Olimpo (circuito ABO) relataron:
En los traslados eran llevados entre 30 y 50 compañeros […] fuimos testigos de aproximadamente una decena de traslados. […] En oportunidad de un traslado realizado en el mes de enero o febrero de 1978 le escuchamos decir a un suboficial de la Policía Federal apodado “Ruso”, a los que estaban en la fila del traslado: “Les vamos a poner una inyección. Les avisamos para que no se asusten en vano. Es sólo un tranquilizante. El viaje hasta la granja va a ser muy largo; hay que ir hasta el Chaco en un avión de cabotaje”.
Sobre el procedimiento señalaron que “los traslados no tenían regularidad fija. Su metodología sí, guardaba algunas constantes. Los movimientos comenzaban a eso de las 14 o 15 horas”. Esos días había siempre una comitiva de represores especialmente dedicados a la tarea: “siempre iba un médico, que a juzgar por lo que decían era oficial del Ejército […] ese médico daba las inyecciones a los que iban a ser trasladados, pero [luego] las aplicaba el suboficial de la Policía Federal apodado “Gordo Rey””. Los carceleros llamaban a los prisioneros por un número que se les asignaba y los forzaban a formar una fila india en el pasillo engrillados y encapuchados. Debían dejar su ropa y eso se convirtió en un factor de sospecha: “Muchos compañeros fueron traslados con sólo su ropa interior en pleno invierno” (Cid de la Paz y González, 1980).
A medida que más víctimas lograron recuperar la libertad se fueron hicieron públicos testimonios que confirmaban en lo esencial esta información: los traslados de prisioneros para ser asesinados y desaparecidos eran moneda corriente en todos los centros clandestinos de detención pero en algunos del área metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires reunieron estas características: agrupaban a un número variable de prisioneros, les aplicaban inyecciones que los adormecían, les quitaban la ropa, los subían a camiones, los conducían a pistas de aterrizaje, los subían a aviones o helicópteros. La gran mayoría de las personas que fueron trasladadas en estas circunstancias nunca aparecieron.
*Sara Solarz de Osatinsky, Ana María Martí y Alicia Milia de Pirles (1979).
