Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (1986-1987) y los indultos a los condenados en el Juicio a las Juntas (1989-1990) forjaron un período de impunidad de los crímenes. En esa etapa algunos perpetradores hablaron de la práctica que hasta entonces había sido nombrada como “vuelos sin puerta”, “vuelos finales” y “traslados definitivos”.
En 1991, el periodista Claudio Uriarte publicó una biografía de Emilio Massera, integrante de la Junta Militar y autoridad máxima de la ESMA, que tuvo gran repercusión:
quienes estaban a punto de ser trasladados eran inyectados con un poderoso narcótico y luego arrojados desde aviones de la Aviación Naval en el Cabo San Antonio, mar adentro (Massera, posteriormente, se burlaría de la torpeza y la incompetencia del Ejército que arrojaba los cadáveres en el Río de la Plata e incluso en los ríos del Tigre, donde era seguro que aparecerían poco después y mostraría un orgullo ofendido cuando alguien lo acusara de esa desprolijidad). (Uriarte, 1991)
Mientras tanto, en la burocracia estatal se acumulaba un nuevo tipo de vestigio de los hechos. En diciembre de 1991, el teniente coronel Eduardo Stigliano inició un reclamo interno para que el Ejército reconociera que sus afecciones de salud tenían relación con su actuación durante la represión:
[…] comencé a tener pesadillas en forma permanente, relacionadas con las actividades que, como Jefe de la Sección Operaciones Especiales de la Guarnición Militar Campo de Mayo −año 1979 y año 1980− se me ordenaron ejecutar. […] Las prácticas que hoy afectan al suscripto […] están referidas virtualmente al método ordenado para la ejecución física de los subversivos prisioneros, los cuales sin ningún tipo de juicio de defensa, se me ordenaba matarlos, a través de los distintos médicos a mis órdenes, con inyecciones mortales de la droga Ketalar. Luego, los cuerpos eran envueltos en nylon y preparados para ser arrojados de los aviones Fiat G-222 o helicópteros al Río de la Plata. […] Las ejecuciones o asesinatos llevados a cabo por este medio fueron cincuenta y tres, siendo cuatro de ellos extranjeros1.
Este documento fue dado a conocer en 2006, durante un proceso judicial, y coincide en los detalles con la primera etapa de testimonios de los años ochenta, tanto respecto a la droga utilizada como a la práctica de envolver los cuerpos. Y registra que una versión del mecanismo de desaparición implicaba arrojar a los prisioneros adormecidos y otra, muertos.
En 1992, la periodista estadounidense Tina Rosemberg publicó un libro sobre América Latina que incluyó el testimonio del almirante retirado Horacio Mayorga2: “Ahora usted me preguntará, ¿por qué debíamos gastar una inyección en esos prisioneros? Pero lo hicimos”, dijo para dar a entender que se trataba de una forma “piadosa” de asesinar (Rosenberg, 1992).
En diciembre de 1993, el Poder Ejecutivo Nacional propuso el ascenso de Juan Carlos Rolón y Antonio Pernías a capitanes de navío. Ambos habían tenido una destacada participación en el grupo de tareas que operó en la ESMA y habían sido individualizados por sobrevivientes como responsables de graves violaciones a los derechos humanos. Durante el año siguiente su idoneidad para el grado fue discutida en la Comisión de Acuerdos del Senado y el debate sobre las consecuencias de la impunidad por los crímenes cometidos ocupó la escena política y mediática. Entre las medidas adoptadas, ambos marinos fueron citados por la Comisión de Acuerdos del Senado donde Pernías afirmó: “Las órdenes dadas en esos momentos eran difíciles. Pero en ese momento esa era la herramienta. Me refiero particularmente a interrogatorios y tormentos”. El 27 de octubre de 1994 el Senado rechazó los ascensos3.
El 2 de marzo de 1995 en el programa Hora Clave, conducido por el reconocido periodista de posiciones conservadoras Mariano Grondona, el también periodista Horacio Verbitsky difundió el audio de una entrevista con el capitán de corbeta Adolfo Scilingo. El marino relataba que había arrojado a personas al mar desde aviones. Al día siguiente, el diario Página/12 publicó la conversación: Scilingo afirmaba que había participado de dos vuelos, en junio o julio de 1977. En el mismo momento se publicó el libro El Vuelo, una transcripción más extensa del reportaje. Scilingo mencionó muchos detalles que ya eran conocidos: aviones Skyvan de Prefectura o Electra de la Armada y las etapas de un traslado. Agregó que los prisioneros recibían una primera dosis aplicada por médicos navales en la ESMA y una segunda arriba del avión, donde eran desvestidos.
Verbitsky: ¿Cómo llevaban a las personas dormidas hasta la puerta?
Scilingo: Entre dos. Los levantábamos hasta la puerta.
Verbitsky: ¿Qué cantidad de personas calcula que fueron asesinadas de ese modo?
Scilingo: De 15 a 20 por miércoles.
Verbitsky: ¿Durante cuánto tiempo?
Scilingo: Dos años
(…)
El médico les daba la segunda inyección y nada más. Después se iba a la cabina.
-¿Por qué?
-Decían que por el juramento hipocrático4.
Estas declaraciones tuvieron una gran repercusión en la prensa. El sábado 4 de marzo el diario Crónica utilizó en un título la expresión “vuelos de la muerte” que luego se instalaría como la forma social preponderante de referirse al fenómeno5. Ni el periodista, ni el asesino confeso habían utilizado esa expresión en la transcripción de sus conversaciones. Tampoco se había empleado, hasta ese momento, en las declaraciones de sobrevivientes o integrantes del sistema represivo que habían dado testimonio entre los últimos años de la dictadura y los primeros años de la transición democrática. Poco a poco, esta expresión se convirtió en el sintagma pregnante que representaría para toda la sociedad este método específico de desaparición.

El 9 de marzo de 1995, Scilingo apareció en Hora Clave y explicó los motivos que tenía para hacer pública su experiencia: detalló que sintió indignación cuando sus camaradas no fueron ascendidos por su participación en crímenes de lesa humanidad y se vieron obligados a defender su actuación durante la dictadura en soledad. Según afirmó, el hecho de haber comparecido ante el Senado vestidos de civil y sin ser acompañados por el jefe del Estado Mayor General de la Armada era ofensivo. En esa ocasión, a pesar de que se quejó de las secuelas que sufría –“Yo, desde que hice el primer vuelo, si no uso lexotanil o alcohol, no duermo”– afirmó: «Nosotros ganamos una guerra (…). Estoy convencido de lo que hice, el problema es como hombre no como militar». Esta era también la postura de Massera que, en su defensa en el juicio a las juntas alegó: “No he venido a defenderme. Nadie tiene que defenderse por haber ganado una guerra justa y la guerra contra el terrorismo subversivo fue una guerra justa. Sin embargo yo estoy aquí procesado porque ganamos esa guerra justa”. Lo que parece pesar más que la conciencia es el rencor por la ausencia de rendición de honores por sus actos.
El entonces diputado Eduardo Varela Cid, quien había participado activamente en la difusión de uno de los primeros testimonios de integrantes del sistema represivo sobre este mecanismo de desaparición, participó de la misma emisión de Hora Clave. En un segmento que el conductor reservó para analizar las declaraciones del marino Varela Cid afirmó: “Solamente quisiera reflexionar sobre un tema: no entiendo la espectacularidad de esta noticia (…) ¿cuál es la novedad? El mismo capitán dice ‘esto no es ninguna novedad’”.
Muchos medios reprodujeron la idea de que el de Scilingo era un testimonio inaugural, lo que, como hemos visto, no era cierto. Sin embargo, en las semanas siguientes el marino, el periodista que había obtenido las declaraciones exclusivas, ex integrantes de la CONADEP, funcionarios gubernamentales y de las Fuerzas Armadas poblaron las pantallas. “Después del primer programa televisivo, las declaraciones de Scilingo se transformaron rápidamente en un gran acontecimiento mediático” (Feld, 2001).
El 30 de marzo de 1995, los organismos de derechos humanos hicieron un nuevo tipo de homenaje a los desaparecidos: arrojaron flores y botellas con mensajes al Río de la Plata a la altura de la Costanera Sur, frente al Aeroparque (CELS, 1995). Poco tiempo despues, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó la creacion de un Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado en esa zona. El lugar fue seleccionado por su «contacto visual directo con el Río de la Plata, testimonio mudo del destino de muchas de las víctimas» y fue elegido como lugar para esparcir las cenizas de madres de Plaza de Mayo fallecidas desde entonces, que de ese modo buscaron reencontrarse con sus hijos desaparecidos.
En abril de 1995, el exsargento del Ejército Víctor Armando Ibáñez dio una serie de entrevistas describiendo la represión clandestina en Campo de Mayo que abrieron una secuencia semejante: participó de los programas de televisión Hadad & Longobardi y Hora Clave. Respecto al uso de aviones describió el procedimiento tal como ya era conocido entonces, y mencionó con sus nombres completos a un grupo de víctimas que habrían tenido ese destino. Más adelante, sus declaraciones al periodista Fernando Almirón integraron el libro Campo Santo. Los asesinatos del Ejército en Campo de Mayo, donde los llama “vuelos fantasma” (Almirón, 1999).
El 25 de abril, en el programa televisivo Tiempo Nuevo, Martín Balza, entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, leyó un texto dirigido “a la comunidad argentina [que] busca iniciar un diálogo doloroso sobre el pasado, un diálogo doloroso que nunca fue sostenido y que se agita como un fantasma sobre la conciencia colectiva, volviendo como en estos días irremediablemente de las sombras donde ocasionalmente se esconde”. Esa declaración, que fue popularizada como una “autocrítica”, afirmaba:
El Ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica no supo cómo enfrentar desde la ley plena al terrorismo demencial. Este error llevó a privilegiar la individualización del adversario, su ubicación por encima de la dignidad, mediante la obtención, en algunos casos, de esa información por métodos ilegítimos, llegando incluso a la supresión de la vida, confundiendo el camino que lleva a todo fin justo y que pasa por el empleo de medios justos (…). Sería sencillo encontrar las causas que explicaran estos y otros errores de conducción (…), pero creo con sinceridad que ese momento ha pasado y es la hora de asumir las responsabilidades que correspondan. El que algunos de los integrantes, de sus integrantes, deshonraran un uniforme que eran indignos de vestir, no invalida en absoluto el desempeño abnegado y silencioso de los hombres y mujeres del Ejército de entonces.
La declaración fue considerada un “quiebre” en la conducta institucional de esa fuerza. No fue acompañada por la individualización de quienes cometieron esos “errores”, ni de la puesta a disposición de la información que permitiría conocer el rol de cada instancia del Ejército que participó de la represión o del destino dado a las personas desaparecidas. Reducía la responsabilidad a “algunos integrantes” como si fuera posible implementar un sistema de desaparición de personas que incluyó, entre otros recursos castrenses y policiales, la utilización de aeronaves para arrojar a personas vivas al mar sin el compromiso de diversas instancias institucionales.
Ese mismo año también dio una entrevista televisiva el exgendarme Federico Talavera. Como integrante del Destacamento Móvil 1, con asiento en Campo de Mayo, había sido asignado a realizar funciones de logística en el centro clandestino de detención El Olimpo, en la ciudad de Buenos Aires. En su declaración, afirmó que había trasladado prisioneros al Aeroparque que no estaban esposados, iban vestidas y sin vendas en los ojos. Agregó que desde la base aérea de El Palomar también partían aviones para arrojar personas al mar (Guembe, 2024)6.
Las declaraciones de Scilingo e Ibáñez ocuparon gran espacio en la conversación social. El peso de la palabra de los perpetradores en un momento de impunidad desató una cascada de consecuencias: las autoridades militares se pronunciaron, se reforzó la exigencia del movimiento de derechos humanos de conocer la verdad sobre el destino de los desaparecidos. Esta vez el uso de los aviones como método de desaparición sí estuvo en el centro. Pocos días después de las declaraciones de Ibañez, el diario El País de España retomó la expresión “vuelos de la muerte”.
En agosto de 1997, pocos días antes de viajar a España, Scilingo estuvo en Almorzando con Mirtha Legrand, un programa de televisión diario de enorme popularidad, donde compartió mesa con Emilio Mignone, entonces presidente del CELS. Tenía previsto declarar en ese país ante el juez Baltazar Garzón en el marco de una investigación sobre víctimas españolas de la dictadura militar argentina por aplicación del principio de jurisdicción universal. Este era uno de los factores que mantenía en el debate público a la dictadura, sus métodos y las consecuencias del no juzgamiento. La conductora y su equipo cuidaron cada detalle de la puesta en escena. Cuando el invitado fue presentado se omitieron los característicos aplausos de bienvenida que no fueron negados al resto de los participantes, los hábitos del programa como menciones de los auspicios y la descripción del vestuario fueron modificados “por la sensibilidad del tema”.
En el almuerzo televisivo, Legrand, que en todo momento calificó a las declaraciones de Scilingo como “patéticas”, buscó obtener más precisiones sobre los hechos. En esta ocasión el marino agregó que los prisioneros eran desvestidos como parte de un proceso de “perfeccionamiento del sistema” porque en “el primer vuelo desde un [Douglas] DC3” los cuerpos “cayeron cerca de Uruguay”. La vestimenta y las monedas encontradas en sus bolsillos habían indicado que se trataba de argentinos. Durante el programa se dio la siguiente conversación:
Legrand: ¿Nunca ninguno estuvo consciente en el momento en que lo arrojaban?
Scilingo: Miré yo sé concretamente que el caso del teniente de Fragata Devoto que era retirado y fue al Edificio Libertad a preguntar por su suegro, creo que es de La Plata, era amigo mío7. Se lo consideró una traición por ser comunista e ir a buscar a su suegro y la idea que hay es que fue arrojado despierto. Está después otro caso caso… en un vuelo mío hubo una persona que se levantó y demás, dijeron que era reflejo, dijo el médico. Es siniestro.
Legrand: ¿Quién daba la orden de todo esto? ¿Quién decía “hay que arrojarlos, que salgan los aviones”? Porque eso es una organización.
La pregunta de la conductora fue respondida al unísono por los invitados. Culparon al entonces comandante en Jefe de la Armada, Emilio Eduardo Massera. Ese nombre omite a varios de los componentes de la organización que efectivamente decidieron “que salieran los aviones” que no fueron solamente de la Armada y que implican la movilización de recursos materiales y humanos que, en gran medida, aún permanecen desconocidos.
En 1999, después de ser procesado Scilingo dijo que sus declaraciones en 1995 habían sido una mentira. En 2005 fue condenado por la Audiencia Nacional a 640 años de prisión y luego, en 2007 el Tribunal Supremo de España elevó la pena a 1084 años. A fines de 2019 fue beneficiado por un régimen de reinserción.
*Adolfo Scilingo, 1995.
- Legajo personal del Tcnl. Eduardo Francisco Stigliano, incorporado a las causas Nº 4012/03 “Riveros, Santiago Omar y otros por privación ilegal de la libertad, tormentos, homicidio, etc.” del Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional Nº 2 de San Martín, prov. de Buenos Aires y N° 13.445/1999 “Videla, Jorge Rafael y otros s/privación ilegal de la libertad personal –Plan Cóndor I”- del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N° 7. ↩︎
- Mayorga se retiró antes del golpe de Estado, en el momento de estas declaraciones ejercía como defensor militar de marinos investigados. ↩︎
- CELS y Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. 1995, Informe sobre la situación de los derechos humanos en la Argentina, 1994. ↩︎
- Página/12, 3/03/1995. ↩︎
- Crónica, “Se sabía de los vuelos de la muerte, pero no había pruebas”, 4/03/1995. ↩︎
- Es la base a la que se refirió Walsh en su carta. Se trata de la I Brigada Aérea de la Fuerza Aérea Argentina con asiento en El Palomar. ↩︎
- El teniente de Fragata (R) Jorge Alberto Daniel Devoto fue el 21/03/1977 a la sede del Comando en Jefe de la Armada a averiguar el paradero de su suegro Antonio Bautista Bettini. Desde ese día está desaparecido. ↩︎
